EXORDIO: APTITUD VS ACTITUD, EXCELENCIA VS HUMILDAD
Llevo un tiempo pensando en
escribir sobre esto, de tal modo que de forma honesta y lo más sintetizada
posible pueda expresar un tema que considero relevante; pero al mismo tiempo creyendo
que dicha busqueda de sencillez y brevedad puede representar un riesgo al rebajar
o tergiversar la verdad de lo comentado, y de hecho, sobre eso va el tema.
Hay en muchos de nosotros y
propagado tal vez de cierta forma generalizada en nuestras congregaciones, la
idea de que la excelencia, la aptitud, la habilidad y el conocimiento podrían
estar relacionados necesariamente con una especie de arrogancia y vanagloria, asociado por fuerza con una mala
actitud que podría llevarnos a actuar de forma errónea y no agradable ante
Dios.
Hace unos días, casualmente
hablando con un amigo, volvió a salir el tema, en otro orden de ideas, pero
versando sobre la misma esencia del problema. No niego que puede haber personas
con mucha aptitud y con mala actitud, y sin duda que algo muy importante para
servir a Dios es tener un corazón agradable en todos los sentidos y que no
basta la capacidad. Sin embargo, hemos creado una especie de falso dilema,
donde podemos creer que como lo meramente importante es la actitud, podemos
permitirnos una cierta mediocridad en el hacer, una falta de habilidad
disfrazada de “humildad”. No quiero que
se me confunda, lo que quiero hacer notar es que se pueden desarrollar ambas
juntas, en una concurrencia que implique desarrollo de excelencia y perfección;
es decir aptitud, en conjunto con una correcta actitud, y de hecho vemos muchos
ejemplos de esa busqueda y perfeccionamiento en muchos personajes bíblicos,
donde se dan un conjunto de elementos como virtud, sabiduría, inteligencia,
habilidad, servicio, amor a los demás y hacia Dios.
«Selecciona
solo a jóvenes sanos, fuertes y bien parecidos—le dijo—. Asegúrate de que sean
instruidos en todas las ramas del saber, que estén dotados de conocimiento y de
buen juicio y que sean aptos para servir en el palacio real. Enseña a estos
jóvenes el idioma y la literatura de Babilonia. El rey les asignó una ración
diaria de la comida y del vino que provenían de su propia cocina. Debían recibir
entrenamiento por tres años y después entrarían al servicio real. Daniel,
Ananías, Misael y Azarías fueron cuatro de los jóvenes seleccionados, todos de
la tribu de Judá. […] A estos cuatro jóvenes Dios les dio aptitud excepcional
para comprender todos los aspectos de la literatura y la sabiduría; y a Daniel
Dios le dio la capacidad especial de interpretar el significado de visiones y
sueños.»
(Daniel 1)
«—Uno de
los hijos de Isaí de Belén tiene mucho talento para tocar el arpa. No sólo eso,
es un guerrero valiente, un hombre de guerra y de buen juicio. También es un
joven bien parecido y el Señor está con él. » (1 Samuel 16:18)
Hablando de la música y el arte
(tema que pronto grabaremos en el podcast), mi amigo me decía sobre como el
discurso muchas veces ha sido, que si tocas bien, que si ensayas, que si
perfeccionas la ejecución musical, entonces “te puedes estas perdiendo” en lo que no es importante, o generando sólo un ambiente basado en tu habilidad humana y no en
la manifestación Divina. Yo no niego que uno pueda perderse en el ubicar
prioridades y en decidir hacer cosas fuera del propósito Divino o en pensar que
es sólo a través de nuestra habilidad y bajo ambientes donde confiamos más en
generar emotividad o intelectualidad para que ”se logre una manifestación
exitosa”, sin embargo, podemos también estarnos equivocando demasiado al no
estar haciendo las cosas lo mejor posible, en dejar de crecer y de perfeccionar
nuestras habilidades y conocimientos, en querer hacernos cada vez más aptos
para esa labor encomendada, y podemos realmente estarnos conformando con una
aptitud que podría ser mejor, pero que se conforma con la “buena intención” o
con “dejarle las cosas a Dios”. Sin duda la aptitud sin actitud está muerta y
puede apestar a arrogancia y pedantería, aunque en realidad podríamos ser
arrogantes y pedantes sin aptitud de nada. Lo que nos debería llevar a pensar
que no necesariamente debemos vincular la aptitud con la actitud, y que, de
hecho, ambas son importantes para nuestra vida, para nuestro servicio e incluso
para lo que Dios quiere de nosotros.
Así como es erróneo hacer de más
(y cosas que Dios no nos encomendó), no hacer nada por “dejárselo a Dios” puede
no ser aquello que Dios espera de nosotros (cuando ya nos dio una obra);
podríamos no estar haciendo nuestra parte de la tarea y más bien apelando a un
discurso que nos conviene para disfrazar nuestra falta de compromiso o de
disciplina, cosas que también agradan a Dios. Sin duda hay situaciones donde
Dios nos pide estar quietos y simplemente verlo hacer todo, confiando en su
poder, “teniendo fe” ; pero no en todas las circunstancias podemos apelar a
esto como un principio que aplica en toda ocasión.
Descubrir nuestro llamado,
nuestro don, nuestro talento, nuestra pasión, nuestra habilidad, y llevarlas al
máximo de sus posibilidades no es algo negativo, y tampoco es algo peleado
con el desarrollo de tener una actitud de servicio, de humildad, de amor, de
honestidad, etc., siempre recordando que “tener éxito en las cosas que a Dios
no le importan, es fracasar”, y por tanto, en proporción inversa: sería
importante tener éxito en las cosas que a Dios le importan.
LAS PALABRAS Y EL LENGUAJE SÍ IMPORTAN: DESARROLLO DEL PENSAMIENTO
Este preámbulo me sirve para
conectar aquello que sucede con el lenguaje, con su uso adecuado, con nuestra
capacidad de expresarnos mejor y de argumentar sobre la verdad.
Desde que somos niños traemos de forma innata a nuestra humanidad la facultad de pensar; pero a la par de esa capacidad poseemos el lenguaje, y conforme vamos aprendiendo, experimentando y conociendo el mundo y a los demás, ese lenguaje se va enriqueciendo, se va ampliando y ensanchando, se va reorientando y dominando cada vez más. Vamos nombrando las cosas, entendiendo nociones más complicadas y sus significados, realizando luego con esas palabras procesos lógicos; deducciones, inferencias, abducciones. Cuando errábamos y decíamos graciosamente “no sabo” “no sepo” "no pudí", o nuestra intuición y lógica fallaba llegando a conclusiones incorrectas como decirle "perro" a toda mascota o animal de cuatro patas porque un perro tiene cuatro patas, el adulto sonreía y nos corregía, nos orientaba, nos explicaba y nos guiaba. Este proceso no se detiene durante los primeros años de vida, sin embargo, cuando llegamos a la adultez, de repente pareciera que ya no hay más qué decir, que las palabras se estancan y que el bagaje esta completado. Incluso, de algún modo se nos llega a exigir que así se mantenga, porque hay que ser “sencillos”. El lenguaje se detiene a la par de nuestro interés, desarrollo y experiencia con el mundo, con los demás, y adelantándonos un poco a un tópico esencial del escrito, a nuestra experiencia y conocimiento sobre Dios y su Palabra, ¿Por qué hacemos que se detenga?
En este sentido desde hace un tiempo he escuchado varios comentarios en el ámbito eclesiástico acerca del escribir y el hablar, donde se exhortaba a tener cuidado con el uso de ciertas palabras, que llegan a ser “muy elevadas”, de inaccesible comprensión para algunos (que no voy a negar, debemos tener ese cuidado), y, sobre todo (y lo preocupante), dando a entender que usar palabras “rimbombantes” es más una especie de arrogancia que de práctica cristiana sensata, pensando sobre todo en la sencillez y utilidad del mensaje del evangelio, “No debemos usar palabras como esas, porque el conocimiento ensoberbece”.
¿ARROGANTE O AMANTE DE LA VERDAD?
¿Podríamos afirmar que
necesariamente el uso de un lenguaje que busca ser enriquecido se basa en un
corazón presuntuoso o en una actitud de soberbia o arrogancia, o algo de
menosprecio hacia el ignorante? ¿Por qué no podemos seguir en nuestra edad
adulta asumiendo que podemos seguir aprendiendo y haciendo mejor uso del
lenguaje y darles a las palabras y argumentos un significado y composiciones
más exactas y verdaderas? ¿Por qué
dejamos de pensar que podemos hacer una ampliación a nuestra lógica y por tanto
a pensar mejor y más acertadamente? ¿Por qué no pensar en argumentar mejor y
diferente? ¿Por qué no podemos seguir “corrigiendo” amablemente al que yerra en
sus expresiones y argumentos? ¿Por qué esto no aplicaría en el contexto
eclesiástico y teológico?
Podríamos decir que, ante la idea
originaria tratada en la introducción del escrito de una especie de arrogancia
sofisticada, se puede encontrar una verdadera actitud de busqueda constante y
amor por la verdad y la sabiduría, interés genuino por el servicio y por las
personas, en donde por cuestión lógica, el lenguaje se vuelve importantísimo,
hasta nuestra muerte (e incluso en lo eterno) podemos experimentar un
crecimiento en nuestro conocimiento, e irlo ampliando de tal modo que podamos
acercarnos más a la verdad.
«Le pido a Dios que el amor de ustedes desborde cada vez más y que sigan creciendo en conocimiento y entendimiento.» (Filipenses 1:9)
La sencillez en el lenguaje no necesariamente es
sinónimo de limitación y tampoco de brevedad, sino más bien implica claridad,
precisión e iluminación (revelada incluso), porque, así como el lenguaje aclara
e ilumina, también la mucha palabrería y los galimatías oscurecen y confunden.
Un mensaje puede ser dificil de entender porque exige cierto conocimiento, no
tanto por estar mal elaborado, y puede no ser breve y sin embargo estar bien fundamentado, puede
estar bien estructurado y pensado, y puede contener mucha verdad; por otro lado,
y ciertísimamente un mensaje puede ser muy extenso, mal estructurado, basado en
falacias, en mentiras, oscurecido de tal modo que el uso excesivo de palabras incluso
sofisticadas sea vacío, sin fundamento, y hasta absurdo. La claridad nada tiene que ver con la
brevedad, ni con la extensión; al parecer tampoco con el uso de palabras
conocidas o desconocidas.
Alguien puede usar metáforas,
analogías, construcciones lógicas más complejas y palabras o nociones más
precisas y no necesariamente tener una mala actitud, arrogancia o vanagloria, sino realmente ser un amante de
la verdad, que además puede empujar a otros a desarrollar su pensamiento, a
salir de su zona de comodidad, y ser claro, preciso, veraz y honesto.
«Mientras tanto, un judío llamado Apolos—un orador elocuente que conocía bien las Escrituras—llegó a Éfeso desde la ciudad de Alejandría, en Egipto. Había recibido enseñanza en el camino del Señor y les enseñó a otros acerca de Jesús con espíritu entusiasta y con precisión. Sin embargo, él solo sabía acerca del bautismo de Juan. Cuando Priscila y Aquila lo escucharon predicar con valentía en la sinagoga, lo llevaron aparte y le explicaron el camino de Dios con aún más precisión. » (Hechos 18:24-26)
LA IMPORTANCIA DEL LENGUAJE: UNA BASE FILOSÓFICA, EPISTEMOLÓGICA Y PEDAGÓGICA
Por otra parte, en este
escrito quisiera también abordar una base
a partir de la cual sostengo que el lenguaje y las palabras sí importan,
altamente correlacionado con los temas de la filosofía y la fe, de la ciencia yla fe, y de los modos de conocer, que ya
hemos tratado en otras publicaciones (a los cuales puedes acceder dándoles clic).
Nuestro lenguaje está
indefectiblemente unido a nuestra facultad racional, y por tanto es nuestra
herramienta para pensar, experimentar, comunicar, ayudar y recibir mensajes de
todo tipo, y por ende es también un medio muy poderoso para aprender y conocer.
El lenguaje sí importa, porque
configura la forma en que vemos y entendemos el mundo. No por algo el Lógos es
traducido como razón y palabra, conceptos demasiado extensos, controvertidos y
complicados; pero que a la vez pueden ser abordados de forma muy intuitiva. Ese
lógos, es la unión fundamental entre la forma en qué hablamos y la forma en qué
razonamos. Es imposible tener un pensamiento sin palabras y por tanto sin
significados. Esto nos lleva a considerar
que el pensamiento tiene una estructura necesariamente lingüística, e incluso
nuestra experiencia y emociones, (sería bueno profundizar en este tema;
cognición y emoción pueden no estar tan separados en cuanto a su estructura mental y
cerebral) ya sea sobre procesos conscientes o inconscientes.
Yéndonos demasiado lejos en el
pasado temporal, toda la creación fue hecha por la palabra creadora, la emisión
y decreto Divino, quien vincula la verdad y todo lo que es con su palabra. Pero
también en el “aquí y ahora” somos sostenidos por esa misma palabra, “en el
somos, existimos y nos movemos”, en este instante existimos porque hay una
jerarquía causal ontológica que sostiene el ser, así como la mesa sostiene el
libro, la casa sostiene la mesa y la tierra sostiene la casa..., Dios sostiene el
ser, él es “YO SOY”, y sin el Ser nada puede ser.
Esta palabra, además, se nos ha
revelado de acuerdo con nuestro horizonte comprensivo y lingüistico, y que
además nos hace únicos en cuanto a condición de criatura “hecha a imagen y
semejanza”, y por tanto también con una voluntad y pensamiento, ipso facto, poseemos
una palabra propia que puede asemejarse a la Palabra, y que además valdría la
pena recordar, es también la segunda persona de la trinidad, Cristo, por lo que podemos conocer la verdad de las cosas, y a la persona que es la Verdad.
LENGUAJE, LENGUA Y PALABRA
El lenguaje es la facultad
universal de comunicarse mediante signos (incluso no verbales como bien
sabemos, por ejemplo: el lenguaje corporal), la lengua es un sistema y
convención sociales, y el habla es la realización concreta e individual de la
lengua. La lengua la debemos entender ya como un sistema de símbolos y palabras
(como el español, inglés), el lenguaje es un concepto más general y complejo,
que tiene relación con la facultad racional.
La palabra es un concepto debatido y controvertido, pero puede
entenderse como un símbolo (significante, etiqueta) que alude a un significado
o naturaleza.
Las palabras se dan como uso del
lenguaje, y no tienen un significado completamente fijo, aunque esto no signifique relativo, sino más
bien perspectivo y con posibilidades de ampliarse sobre su núcleo.
VERDAD: LA ADECUACIÓN DE LO QUE PENSAMOS CON LO QUE LAS COSAS SON
El lenguaje dicen algunos
filósofos: “es la morada del ser”, la ontofanía (el ser revelado), la forma de
develar el ser de las cosas y acceder a la verdad de su significado.
Creo firmemente que desde
nuestra perspectiva cristiana y teísta, el modelo de la verdad como el ajuste y
concordancia de nuestros pensamientos con la realidad extramental es
inevitable, (este modelo epistemológico no es el único, pero me parece el más
adecuado a nuestra cosmovisión). En
donde el lenguaje será nuestra herramienta para descubrir, conocer, comunicar,
explorar, dialogar y resignificar nuestra experiencia, buscando adherirnos
siempre lo más posible a la realidad; es decir que podamos pensar correctamente
y mejor de acuerdo con la verdad. Para una visión que acepta la teoría de la
correspondencia de la verdad (y la existencia de la verdad), el uso del lenguaje es sumamente importante, ya
que a través de la palabra se pueden alcanzar y expresar mejores
niveles de comprensión y experiencia sobre la belleza, el bien y la verdad.
Es imposible que podamos acceder
al conocimiento de Dios sin el lenguaje, ya que es está facultad la que nos
diferencia del resto creado y nos otorga una conciencia moral y racional; pero
además es está capacidad la que es elevada a la revelación y que comprende y se
comunica a su Dios. Sin un preámbulo de
nociones, sin un bagaje de palabras, conceptos y definiciones, no podríamos
haber accedido a escuchar el mensaje y aceptarlo, y profundizar en él, y como se
expresó en el tema sobre filosofía, no estamos diciendo que este transitar sea
meramente racional, sino que va apoyado e iluminado; pero que surge desde esta
herramienta básica y fundante.
El lenguaje está vinculado a la experiencia y a la acción, e incluso en algunas culturas clásicas la inteligencia no podía entenderse sin la práctica de la justicia y la virtud. En nuestra era se separa la idea de inteligencia como el conocimiento conceptual y abstracto sobre un tema (similar al concepto de erudición), y la justicia, la práctica del bien y del amor se comprende más desde la acción. Sin embargo, ambas pueden darse en una misma persona.
«En vista de todo esto, esfuércense al máximo por responder a las promesas de Dios complementando su fe con una abundante provisión de excelencia moral; la excelencia moral, con conocimiento; el conocimiento, con control propio; el control propio, con perseverancia; la perseverancia, con sumisión a Dios; la sumisión a Dios, con afecto fraternal, y el afecto fraternal, con amor por todos. Cuanto más crezcan de esta manera, más productivos y útiles serán en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo; pero los que no llegan a desarrollarse de esta forma son cortos de vista o ciegos y olvidan que fueron limpiados de sus pecados pasados». (2 Pedro 1:5-9)
Esta noción de intelectualismo
moral se comprendía mejor en el pasado y no estaba tan fuertemente separada
como podemos experimentarlo en la actualidad; aquel que usaba el lenguaje
exclusivamente como medio retórico y sofistico, o a aquel que mostraba una
elevada erudición sin virtud se le consideraba un necio o un hipócrita, alguien
incongruente.
«Si pudiera
hablar todos los idiomas del mundo y de los ángeles, pero no amara a los demás,
yo solo sería un metal ruidoso o un címbalo que resuena. Si tuviera el don de
profecía y entendiera todos los planes secretos de Dios y contara con todo el
conocimiento, y si tuviera una fe que me hiciera capaz de mover montañas, pero
no amara a otros, yo no sería nada». (1 Corintios 13:1-2)
«Entonces ya no seremos inmaduros como los niños. No seremos arrastrados de un lado a otro ni empujados por cualquier corriente de nuevas enseñanzas. No nos dejaremos llevar por personas que intenten engañarnos con mentiras tan hábiles que parezcan la verdad. En cambio, hablaremos la verdad con amor y así creceremos en todo sentido hasta parecernos más y más a Cristo, quien es la cabeza de su cuerpo, que es la iglesia. » (Efesios 4:14-15)
En los versos anteriores podemos
encontrar algunas nociones previamente desarrolladas, donde aunque alguien
posea un conocimiento o una aptitud muy amplia y tenga un dominio de la lengua
muy sofisticado, si este no va acompañado de amor (la actitud correcta), no
tiene ningún valor. Sin embargo, repetimos que esto no implica que no se deba
poseer dicho conocimiento o precisión en el lenguaje como los casos previamente
apuntados, sino que debe ir complementado y acompañado, “hablar la verdad en
amor” implica esta confluencia. Podemos hablar la verdad sin amor, podemos
hablar mentira con amor (aparente), o hablar mentira sin amor (En una
continuación de este escrito desarrollaremos estás ideas).
Un amor “desinformado” o no
basado en “la verdad” puede ser terriblemente dañino. Un ejemplo clásico de
esto es cuando un padre puede estar obrando inadecuadamente con un hijo sin saberlo, pero con una buena intención hacia su hijo, y aunque haya "amor genuino", la ignorancia sobre determinado tema puede hacer que esa acción
pueda ser en detrimento de la persona; podríamos recordar el slogan actual:
“amor es amor”, para tratar de validar cualquier acción incorrecta,
contranatural, desordenada e ignorante
desde un aparente amor.
Esto nos recuerda la idea
propuesta por Pascal sobre la existencia de tres tipos de personas: las que
tiene celo (actitud) pero sin ciencia (conocimiento-aptitud), lo cual nos puede
llevar a un fanatismo y un amor ignorante. Por otro lado, también existen
aquellos que tienen ciencia, pero sin celo, y por tanto caer en una erudición
muerta, en el legalismo y un intelectualismo desinteresado, situación denunciada por Cristo y Pablo en los casos de los escribas y fariseos por ejemplo, los cuales podían tener una
correcta enseñanza; pero sin amor por las personas, incluso, al contrario,
usándolo para humillarlos y sacar ventaja. Finalmente encontramos a la persona
que posee celo y ciencia (actitud-aptitud), de la cual se nos advierte constantemente debe estar constituido un verdadero cristiano.
«No abandones nunca el amor y la verdad; llévalos contigo como un collar. Grábatelos en la mente, y tendrás el favor y el aprecio de Dios y de los hombres.» (Proverbios 3:3-6)
El amor y el conocimiento, el
amor y la verdad, la actitud y la aptitud, la virtud y la excelencia, la virtud
y el conocimiento, la actitud y la habilidad, etc., son de Dios, pueden ir juntos, y
son para nuestra vida y para nuestro camino, y Cristo es ese camino. Pedro nos dice con respecto a este tipo de crecimiento:
«Hagan estas cosas y nunca caerán. Entonces Dios les dará un gran recibimiento en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.» (2 Pedro 1:10-11)
3 Comentarios
Muy interesante, gracias por animarnos a crecer, cada uno en las fortalezas y debilidades que nos caracterizan, pero es importante no estancarnos. 🧠🤓💕
ResponderBorrarPor cierto, soy Rubí, no Anónimo 😃
BorrarGracias por el comentario Rubí, y así es, la idea es poder mantenernos en crecimiento en nuestro caminar y experiencia de fe.
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